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| Jorge Mañach, a la izquierda, junto a sus hermanos: Eugenio, Consuelo ("Nena") y Manuel, en su cada de Tembleque. |

La plaza de Notario en Tembleque estaba vacante antes de la llegada de los Mañach, tal y como se puede comprobar en el anuario de 1905, publicado en este artículo del blog.
Añado igualmente una nota de prensa de "La Gazeta", del año 1912, con la noticia de la solicitud de excedencia por dos años del notario de Tembleque, Eugenio Mañach, facilitada por nuestro paisano Miguel Ángel.
Así pues, el niño Jorge pasó varios veranos en Tembleque, desde los 10 hasta los 13 años de edad, donde terminó su educación primaria en manos privadas, para posteriormente pasar los inviernos en los Escolapios de Getafe, y continuar después en el Liceo de Madrid. (Información extraída la publicación "Jorge Mañach y su examen del Quijotismo").Su casa en Tembleque fue la situada en la calle Iglesia nº 9, antaño calle Real. Actualmente, para que os situéis mejor, es el pub "Casablanca", muy cercano a la Iglesia Parroquial. La fachada se mantiene casi igual que hace un siglo, como podéis comprobar en la fotografía adjunta, que incluye los dibujos originales de Jorge.
Aquí en Tembleque nacería su hermana, Nena Mañach, cuyo bautizo fue un auténtico acontecimiento social en nuestro pueblo.
Ponía lo siguiente:
"En el número 9 de esta calle transcurrió parte de la infancia del gran escritor cubano Jorge Mañach (14.II.1898-25.VI.1961) y nació su hermana Nena. La editorial Tropico rinde homenaje a su memoria en el primer centenario de su nacimiento. Año de 1998" .

Seguramente la placa desapareció durante la demolición, aunque no lo puedo asegurar. Lo que afortunadamente sí he podido encontrar es alguna fotografía de dicha placa y la fachada donde estaba puesta, que añado a este reportaje, junto con la crónica del diario ABC anunciando esta conmemoración. Insisto en que la placa no se instaló exactamente en lo que había sido su casa, sino en la siguiente fachada. Un breve desplazamiento de 3 ó 4 metros del cual desconozco los motivos.
Pero volviendo al joven Jorge, en esa etapa de su infancia, a principios del siglo XX en Tembleque, le debió dejar un grato recuerdo, y 45 años después, ya de adulto, entre Estados Unidos y Europa, y tras formarse como escritor, intelectual y el primer Catedrático de Historia de la Filosofía en la Universidad de La Habana, además de Ministro, y realizar varios ensayos periodísticos, regresó a España, y visitó de nuevo su querido pueblo de la infancia, Tembleque, en el año 1955. Él mismo lo relató en una entrevista que concedió al diario ABC, y que adjunto a este reportaje.
Tras esta última visita a España y a nuestro pueblo, escribió un libro genérico titulado "Visitas Españolas. Lugares, personas", editado en 1960, y que incluía un apartado muy especial dedicado a nuestro pueblo, que tituló "RECOBRO DE TEMBLEQUE". Al final de este reportaje lo podréis leer de manera íntegra; no tiene nada de desperdicio, y es una lectura recomendadísima para cualquier temblequeño.Tan solo un año después, en 1961, Jorge Mañach falleció. Añado una crónica del periódico "La Vanguardia", fechada el 5 de julio de 1961, donde su autor nos explica que casualmente iba a escribir sobre el libro "Visitas Españolas", recientemente publicado, cuando le llegó la noticia del fallecimiento de su autor.
Llegados a este punto, entra en escena nuestro vecino de Tembleque Javier Arranz, al cual le agradezco su colaboración. Y es que resulta que el abuelo de Javier Arranz y Jorge Mañach fueron vecinos en la misma calle, y forjaron una gran amistad.Cuando Jorge regresó de visita unos días a Tembleque en 1955, y tras escribir su ensayo "Recobro de Tembleque", antes de la edición en el posterior libro de 1960, "Visitas españolas. Lugares, personas", lo publicó en primer lugar en otro periódico, en el año 1957, cuyo título original desconocemos, pero eso sí, unas páginas del ejemplar original se las envió Jorge por correo al abuelo de Javier Arranz, que afortunadamente, a través de sus descendientes, han conservado desde 1957 hasta nuestros días.
Yo mismo, junto con Javier Arranz, que muy amablemente me mostró los originales, tuve el placer de poder digitalizarlo hace unos meses, escaneando cada página original con el mayor cuidado y mimo posible. En ellas, además del texto, en un papel muy fino y amarillento por el paso de los años, incluían varios dibujos realizados por Jorge, como la entrada a la Casa de las Torres, una panorámica de la Iglesia, la antigua "Casa de la Tercia" o casino, situada en la Plaza de la Orden, o la propia fachada de su casa en la calle Iglesia, que por aquella época se llamaba Calle Real.Todo ello lo podéis disfrutar en las imágenes incluidas en este reportaje, y con más resolución en el álbum fotográfico que igualmente incluyo hacia el final del post.
Lamentablemente, faltaban algunas páginas de la publicación original para completar el texto, pero como sabíamos que este relato se había incluido en el libro de 1960 titulado "Visitas españolas. Lugares, personas", era cuestión de buscar dicho libro.
En un principio descubrí que ya estaba descatalogado, y únicamente se podía adquirir a través de coleccionistas privados o algunas pocas bibliotecas. En el caso de la biblioteca de Tembleque, conservan un libro titulado "Viajeros de Castilla-La Mancha", que incluía una pequeña parte del "Recobro de Tembleque", pero al igual que la publicación original que guarda la familia Arranz, el texto, de varias páginas, no estaba completo.Así llegué hasta la Biblioteca de Castilla-La Mancha, en el Alcázar de Toledo, cuyo personal, muy amable y atento, no sólo me indicó que en sus archivos guardaban un ejemplar del libro de "Visitas españolas. Lugares, personas", sino que ellos mismos se encargaron de facilitarme una copia digitalizada en pdf del capítulo íntegro del "Recobro de Tembleque", que incluye, además del texto completo, también una fotografía antigua e inédita de los arcos principales de la Plaza Mayor, del fotógrafo Nicolas Muller, con la que abro este reportaje.
La lectura de esta obra es una auténtica delicia, cargada de nostalgia. Con su pluma nos sumerge en sus recuerdo sobre el pueblo de principios del siglo XX, sus gentes, sus calles, su aroma, sus vivencias y anécdotas... Lugares que no he logrado ubicar, como su añorada "huerta del notario", donde iba todas las tardes con su padre. La explanada, que era el actual aparcamiento frente al casino, en la puerta lateral de la iglesia, lugar de juego de todos los niños; el sereno, las galeras; en definitiva las faenas rutinarias de aquella época. También nos cuenta detalles simpáticos de algunos ilustres vecinos, como de Piedad Melgar, los Mazarambroz, Rabadán, o de su amigo César Cabeza Revuelta, compañero de aventuras, entre otros.
Nos describe magistralmente ambas Plazas, la Iglesia, la Casa de las Torres, que ya por aquel entonces (a fecha de su visita, en 1955) la describía en ruinas. Las eras y todo el trabajo que en ellas había, con la trilla, aventar el grano, la vendimia, los molinos, etc... También nos hace referencia las Ferias, así como a las Romerías y la Semana Santa, todo ello con la descripción de cómo vestían y vivían los vecinos de hace más de un siglo, sus costumbres, gastronomía, etc...
Insisto, es un relato de obligada lectura para cualquier persona relacionada con Tembleque. Una lectura que te va sumergiendo poco a poco en nuestro pueblo, trasladándote a su pasado en dos etapas distanciadas entre sí 45 años, como si de una puerta del "Ministerio del tiempo" se tratara, a principios y a mediados del siglo XX, y que al menos en mi caso, no pude levantar los ojos del libro hasta llegar al punto y final, quedándome con ganas de mucho más.
Es para mí un verdadero placer poder compartirlo con todos a través del blog. Vayan mis agradecimientos a todas las personas o entidades que han colaborado en la elaboración de este reportaje, desde Javier Arranz, Ángela, la biliotecaria de Tembleque, o la propia Biblioteca de Castilla-La Mancha, en el Alcázar de Toledo, así como al Ayuntamiento de Tembleque, por permitirme el acceso tanto al Registro Civil como al Archivo antiguo.
Son 17 páginas que se leen en un suspiro. Saboreadlas y dedicadle la atención que se merecen, os lo recomiendo.
También añado el pdf con la publicación original que conserva nuestro vecino Javier Arranz, publicada en 1957, tres años antes que el libro donde se incluyó este relato, y con los dibujos originales de Jorge Mañach. Lástima que no se hayan encontrado todas las páginas:
Vamos a tratar de ubicar lo más aproximadamente posible la famosa "huerta del Notario", que nuestro protagonista recordaba con tanta añoranza en su relato, ubicación que queda finalmente confirmada, en la zona de la antigua fábrica de harinas de Tembleque, como comprobaréis a continuación.
Según nuestro paisano José María Tirado, esa huerta estaría situada entre la calle Cruz de Mayo y la calle Tetuán. Él mismo me mandó un mapa del año 1882 (con mayor resolución en este artículo del blog) con el supuesto itinerario que Eugenio y Jorge Mañach realizaban desde su casa, en la calle Iglesia, hasta esta huerta. Pasarían por la actual calle Iglesia, calle Castelar, Cruz Verde, calle Consuegra, Cruz de Mayo y llegarían a la supuesta zona, junto a la calle Tetuán. 
Además, gracias igualmente a José María, hemos rescatado unas fotografías aéreas del año 1945, de la fototeca del Ministerio de Fomento, donde vemos que la zona bien pudiera ser una huerta, con bastante vegetación. En la foto, rodeo en un círculo blanco la zona que creemos que puede ser dicha huerta.RECOBRO DE TEMBLEQUE
Al cabo de cuarenta y cinco años, he vuelto a ver Tembleque a mis anchas. No solamente lo he visto: lo he revivido; es decir, ha vuelto él a vivir en mí. A la verdad, no sé si esto le interesará al posible lector. Se trata nada más que de un regreso a la niñez.
Tembleque es un pueblo de la Mancha toledana. No tiene mayores peculiaridades, como se irá viendo en seguida; pero a mí me parece uno de los más bellos lugares del mundo, porque en él viví desde los diez hasta los trece años. Fue un salto tremendo desde mi Sagua la Grande natal, en Cuba. Mi padre, gallego, había combinado en la isla el foro con la política integrista de la postrimería colonial. Al advenimiento de la república decidió volverse a España, a reorientar su vida. Hizo oposiciones a Notarías y se ganó la que comprendía Tembleque, La Guardia y Villatoba. Allí fui yo a parar, con mi madre y dos hermanos, cuando apenas comenzaba a asomarme a la vida.
Es curiosa, a veces, la trivialidad de las imágenes que más perduran. De mis primeras horas de Tembleque, yo he recordado siempre primordialmente un toldo y un pocillo de caldo. El toldo protegía el patio del sol canicular. Sus blasones de arpillera, traspasados de un vago resplandor, tapaban toda la abertura, dejando ver por las orillas ribetes de cielo azul. Llenábase así el patio -entonces me pareció muy grande; hoy sé que era mínimo- de una fresca, umbrosa intimidad... El caldo fue aquel que nos sirvieron al comenzar la primera cena, ya con las sombras de la noche, cuando regresaban los rebaños de ovejas entre una nube de polvo. Era de mucha sustancia en poca cantidad, y flotaban sobre él -bien lo recuerdo- unas como obleítas de grasa. También descubrí aquella noche -ahora me viene a mientes- la excelencia del tocino, que se desleía en la boca. Y no sé si fue ya entonces cuando mi padre contó la queja de otro chico menos circunspecto y la administrativa respuesta paterna:
"-Padre, ¿y mi tocino...?
-¡Pues qué! ¿No lo ves, indino, tras ese grano de arroz?"
Al día siguiente entramos mi hermano mayor y yo en contacto con el padre Perfecto. Nos lo ponían de mentor. Era un franciscano que aún no sé por qué andaba flotando en la villa. Más bien la navegaba con su andar bamboleante. Enormemente gordo, la redonda cabeza al rape y guarnecida de tres papadas; y un santo varón. A media clase, siempre tenía en la comisura de los labios una salivilla que no acababa de eliminar. Nos distraía eso mucho de sus explicaciones. Luego ponía en un cuaderno su calificación del día para cada uno de nosotros, firmándola siempre con la misma firma, laboriosamente rubricada.
Por la tarde fuimos al huerto que mi padre poseía. (Todavía lo llaman "el huerto del notario"). Subíamos toda la calle Real o de la Iglesia, con sus aceras de piedra redonda, menos transitables que los surcos del arroyo. Un perrito de lanas, "Fritz", nos precedía; detrás, mi padre, con su gorra pueblerina, seguido de nosotros. Las mujeres que hacían calceta o alimentaban sus críos, sentadas de espaldas a la calle en asientos de esparto, nos saludaban unciosamente: "¡Vayan ustedes con Dios...!" Salvo alguna que otra noble portada e historiada reja en las ventanas, las casas eran humildes, nítidamente enjalbegadas, con acentos algunas de azul añil, como en los pueblos viejos de mi isla lejana. Más allá de la Cruz Verde, alzada entonces sobre peldaños de piedra, pasábamos a lo largo de un alto muro. Por encima de las bardas asomaban espesas frondas -cosa rara en el mondo paisaje manchego-, y de algunas ramas pendían esferas de colores brillantes. Era la mansión del rico mayor del pueblo, hidalgo de nombre sonoro: Mazarambroz... Aquella huerta o jardín, donde nunca pude entrar, quedó ya para siempre en mi imaginación como el símbolo de las buenas cosas de este mundo que le están a uno definitivamente vedadas.
Al fin llegábamos al huerto. Este sí nos pertenecía, y entrábamos en él con una grata sensación
de soberanía. No era muy grande, por lo demás. En primer término, la larga casa chata del hortelano, con sus muros de tapial, y dentro, una cama conyugal altísima, que, en nuestra pequeñez, no nos imaginábamos cómo se podía escalar. Alamos al fondo; algunos perales y membrillos, y a la derecha, la noria, que era el elemento dramático. Un rucio paciente, sabio de tanto dar vueltas por su mundo, giraba en torno al pozo. De cuando en cuando se detenía. El hortelano -que-aviaba a lo lejos los regatos, abriéndolos o cegándolos con hidráulica ciencia- le gritaba, estentóreo: "¡Bu-u-u-rro!" El asno nunca se movía antes del tercer grito. Sabía que sólo al frustrarse éste venía la pedrada. Entonces echaba a andar de nuevo, parsimoniamente, para detenerse otra vez al cabo de unas veinticinco vueltas. Era algo casi estadístico. En el huerto, y no en mi isla de libertos, se formaron mis primeras nociones de lo que era la esclavitud.
El paseo al huerto era lo usual por las tardes. Poco a poco, sin embargo, también mi hermano mayor y yo nos fuimos emancipando. Un día nos vimos iniciados en la turba estruendosa de los demás chicos. Llevaban blusones sobre sus pantaloncillos de molida pana. Los más eran hijos de menestrales, tenderos y gañanes; algunos pertenecían a las familias jerarcas del pueblo: el médico, el ingeniero, el próspero mercero de la plaza, el boticario. Recuerdo que éste se llamaba de apellido Cabeza, y su mujer, Revuelta. El consiguiente y divertido enlace de apellidos en su hijo César le hacía bastante justicia: era un poco loco, y me parece que fue él quien estrenó las burlas por nuestro seseo criollo. Como, además, los juegos -que se hacían al pie mismo de la iglesia- eran algo bárbaros, aquella tarde yo preferí contemplar los gritos tenaces de los vencejos -un poco locos ellos también- sobre la breve explanada, que entonces me pareció vastísima.
Las impresiones de los primeros días se fueron repitiendo con novedad cada vez menor hasta hacerse familiares. Mas por mucho tiempo, de noche, mi sueño inquieto se siguió encuadrando entre los avisos misteriosos del sereno, al dar las horas, y el fragor de las galeras en la madrugada, camino de las eras o de la vendimia. A veces pasaban los gañanes cantando sonadas escuetas, de viril melodía, pero algo desoladas.
El descubrimiento de aquellas faenas fue toda una revelación. Empezó por las eras, pues las viñas quedaban algo lejos del pueblo. Supe, al verlas, de dónde le venía a éste aquel polvillo ubicuo de paja, que todo lo inundaba, y aquella fragancia honrada de trigo, que parecía absorber todos los de-más olores. Admiré cómo, en la trilla, las rastras de filoso pedernal se deslizaban con redonda perseverancia, sólo comparable a la del asno vendado en el huerto. El día que un gañán me permitió montar en su trillo gocé como si se hubiera tratado de una cuádriga (la era fue mi primer barrunto del circo). Y luego aquel aventar la mies trillada, en el que yo ya percibía vagamente lo que el trabajo agrario tiene de santa colaboración entre la naturaleza y el hombre.
Los molinos de viento que desde las eras se divisaban tenían el mismo sentido. Cuando, justamente por entonces, mi padre nos empezó a leer, por las noches, de sobremesa, capítulos del Quijote, me parecía particularmente absurdo que el buen caballero de aquella tierra manchega los hubiera podido tomar por amenazadores gigantes ¡a los molinos, tan apacibles, tan mansamente colaboradores, tan suaves en su aspado gesto...! Pero uno se deteriora con la familiaridad. Vergüenza me da el recordar cómo, pasadas ya las labores del estío, correteé con otros chicos por aquellas eras, persiguiendo las avecillas con mi tirador de gomas, hasta que un día recogí del suelo una que no había caído de tiro alguno, sino de su propia fatiga. Espeluznada y tibia y palpitante de susto la tuve en el cuenco de la mano, y creo que aquello me curó de crueldad para toda la vida.
Desde el primer domingo, claro está, fuimos a misa. La iglesia estaba en el centro mismo del pueblo, dominándolo con su esbelta torre octogonal, sus ábsides laterales, sus sólidos contrafuertes. Le daba principal acceso una puerta románica algo menguada. Estos detalles arquitectónicos yo, por supuesto, no los apreciaba entonces, aunque ya me despuntaba una afición al dibujo. Como tampoco la alta bóveda, de gótica nervadura, ni el retablo del altar mayor, demasiado en la sombra, del cual mi padre decía que era magnífico. A la salida de la misa, por una puerta lateral que daba a la explanada de nuestros juegos, los hombres menos ceremoniosos del pueblo formaban un cauce para ver salir al señorío. Muchas veces oí comentar, sin entenderla, la frase que el primer domingo soltó un gañán de los más ternes al paso de mi madre: "¡Qué buena cordera pa cría!"
Mi madre era, en efecto, aunque mal esté decirlo, una criolla guapísima. Alta, trigueña, de cabos negros. A la mula que compró la señora Manuela en la feria de aquel año le pusieron de nombre la "Cubana" -decían que en honor de mi madre. La señora Manuela era uno de los pilares del pueblo. Dueña de muchas tierras, vivía frente a nosotros en una casa holgada, olorosa a lagar. Era la dueña inmensamente gorda, y rara vez se movía de su sillón frailero, rigiéndolo todo desde él como desde un trono. De la numerosa parentela que con ella vivía, destacábase su sobrina Herminia, ágil de gesto y palabra, con un leve vello sobre el labio superior, que la hacía gracia. Fue la que hizo las mejores migas con mi madre, defendiéndola de la comidilla del pueblo, que murmuraba sobre sus amplias batas blancas y sus baños cotidianos.
De Tembleque nunca conocimos bien mis hermanos y yo más que el centro del pueblo y el camino del huerto. De Pascuas a Ramos nos llevaban también a la alameda, y en días de festividad religiosa, a alguna de las dos capillas de la correspondiente devoción. Lo demás era una especie de misteriosa hinterland. Sólo de lejos habíamos podido contemplar lo que constituía el blasón arquitectónico de la villa, después de la iglesia: la Casa de las Torres, así llamada por las que guarnecían aquella espaciosa mansión señorial, toda misterio ella misma.
Pero el centro del pueblo era, después de todo, lo más ameno. Tembleque tenía, y tiene, dos plazas. Una, la "glorieta", circundada de asiento corrido de piedra con alta barandilla. A un lado estaba la Casa de la Tercia, y en ella, el casino, al cual se subía por unas empinadas escalerillas exteriores. El casino fue para mí siempre, desde luego, otro misterio. Al pasar frente a él, se oía rumor de botellería y jácara de jugadores. Dicen que allí se recibían sólo contados ejemplares de La Correspondencia de España, para determinados señorones del pueblo, y no más. Así lo tenía dispuesto -aseguraban- don Paquito, un cura de armas tomar, que se había ganado sendas laureadas en Filipinas y en Marruecos y que se ramangaba la sotana para una bronca por un quítame allá esas pajas.
La otra plaza era más nuestra, más de la gente común. Anchurosa y castiza, rodeábanla por tres de sus lados umbrosos soportales corridos, que coronaba una doble galería. En uno de ellos se abría el boquete de un callejón que llamaban "del Toril". Parece que, en efecto, por muchos años se habían celebrado corridas en la plaza. Después he sabido -por don José María de Cossío- que en una de las cartas de Quevedo en que habla de Gaspar Bonifaz, se hace referencia a la ocasión en que Felipe IV, habiendo recalado en Tembleque, camino de Andalucía, alanceó allí un toro con mucha fortuna. Yo sólo había oído decir antes que a ése o a algún otro rey, aterido del frío invernal que en Tembleque pasó, se le atribuía el haber dado su nombre al pueblo; pero siempre me pareció eso pura invención. Ni juzgué más verosímil la especie de que a Tembleque se le llamara así por haberse formado en torno a un mesón frecuentado por bandidos, que se conocía por la posada de la Tiembla... La verdad histórica es que Tembleque tiene origen mucho más noble. Sé ahora que fue fundado a principios del siglo XVI, y que la reina Doña Juana "le dió privilegio de villazgo, conservándose en la encomienda de San Juan, a cuya orden pertenecía": El escudo de la Orden de Malta se ve aún, efectivamente, en algunas casas del pueblo y, desde luego, en su propio blasón municipal. Pero el nombre "Tembleque" sigue siendo un misterio.
A lo que íbamos. Aquella grande y bella plaza era el marco de los paseos domingueros, al caer la tarde. Las muchachas circulaban de bracete, con sus pelerinas de distintos colores; los mozos, en giro contrario, con sus fajas anchas y sus chaquetillas de pana. A veces, ellos las cortejaban con brusca ingenuidad, y las chicas, invariablemente, les contestaban, no sé por qué, con un pequeño improperio. De eso a menudo se pasaba a dulces y recíprocos empellones. Hasta que surgía un noviazgo... En fin, la plaza era también, en agosto, escenario de la feria, con sus puestos de bisutería, sus tiros al blanco, sus ciegos de aleluya, sus buñoladas de aceite hirviendo y su mulerío bien esquilado.
Corridas no había nunca en Tembleque, salvo una de mentirijillas que yo mismo organicé entre la gente menuda, con mucho auxilio de mayores. Se dispusieron sillas en el huerto. Las señoras amigas fueron de negra mantilla, y las chicas, de lo más majas, sobre todo Piedad Melgar, con su lindo vestido de piqué blanco y sus flores en el pelo dorado. Parece que yo la encontré, sin embargo, un poco gordita. También creo recordar que aquella tarde el toro fue César Cabeza Revuelta.
Mayor acontecimiento aún fue el bautizo de mi hermana. Nacida en Tembleque, la niña fue recibida como una bendición especial del cielo. Mi padre estaba arrebatado de entusiasmo. Quiso un bautizo en grande. Vinieron invitados de leguas a la redonda, de Madrid y no sé si hasta de Cuba. Se tiró la casa por la ventana. Literalmente se arrojaron, al menos, desde los balcones, guarnecidos de flores, centimillos relucientes, que los chicos se disputaron con feroz brío. El agasajo fue espléndido. Todavía los viejos recuerdan el bautizo de "la hija del notario".
Otro acontecimiento que impresionó mi imaginación de adolescente fue el robo en casa del ingeniero que hacía labores de catastro en el pueblo: un caballero alto, con un enorme lobanillo en el pescuezo. El robo fue con escalamiento y nocturnidad. Al día siguiente, todo Tembleque estaba estremecido. Pronto se corrió que la Guardia Civil había apresado al ladrón y que "ya lo traía" desde Consuegra. La gente se desbordó por el lado de la alameda para ver venir al pobre diablo, esposado entre la pareja de civiles. Por lo demás, y excepción hecha también de las Navidades, con su hondo rumor de zambombas; la Semana Santa, en que salía la procesión, y el día de la romería del Cristo del Valle, en marco de viñedos, en Tembleque nunca pasaba nada extraordinario que los muchachos supiéramos a las claras. Digo esto porque, a veces, sorprendíamos en los mayores alusiones a sombrías tragedias familiares o a escabrosos percances, cuyo exacto sentido nunca entendíamos.
***
Tales eran mis recuerdos de Tembleque. Nada importante, como se ve, salvo para mí. Yo había alternado mis estancias en el pueblo, durante los veranos y en las heladas Navidades, con largos meses de más desapacible invierno como interno de los Escolapios de Getafe. Si Sagua era mi pueblo estrictamente natal, en Tembleque ya había nacido a la adolescencia. Allí confesé mis primeros pecados y aprendí los primeros versos. Allí fumé, a escondidas, mi primer pitillo, hecho de salvado y papel de La Correspondencia de España... En Tembleque ví, con cierta envidia, desfilar a los quintos que se iban a la gran aventura de la guerra, y oí cantar a las mozas que se sentaban en torno a una mesa a mondar la flor del azafrán... Allí tuve un primer conato de amorcillo precoz con una chica de pelo color de trigo, a la que hice un regalo absurdo: ¡una navaja de muelle! En Tembleque... Pero ¿a qué seguir? Fue todo el estreno de las curiosidades, de los asombros, de los instintos...
Un día nos fuimos -toda la familia- a Madrid, luego a Cuba. Desde entonces amo el recuerdo de aquel pueblecito manchego. Cuando años después, en Nueva York, una sociedad de emigrados españoles me invitó a dar una conferencia, la comencé diciendo, con antítesis no en exceso forzada, que en la ciudad más grande del mundo iba a hablar del pueblo más pequeño de España. Creo que el público se emocionó un poco, contagiado de mi propia emoción. Y lo mismo ocurrió otra vez, en Buenos Aires...
El año pasado visité Tembleque fugazmente, porque iba mal sanado de una pulmonía y urgido de regresar a Cuba. Ahora, como ya dije, lo he visitado a mis anchas. He estado allí una semana, huésped a la vez de Herminia Lozano, que ya anda por los ochenta, pero aún es la animadora y casi rectora del pueblo; de su hermana Hortensia, cuyo patio se llena al mediodía del fresco cantar manchego de una mocita en flor, y de Piedad Melgar, viuda de Rabadán, que de aquella chica de piqué blanco un poco gordita que antes dije, creció a ser una mujer guapísima y toda una gran señora del pueblo, con muchas tierras e historia política... Uno de sus hijos es hoy el alcalde.
La guerra civil dejó su trágica huella en Tembleque. Ya no existe aquel retablo magnífico que mi padre ponderaba. Ni murieron de la muerte que merecían seres que me fueron muy queridos... Señor, Señor! ¿Cómo pudo ser posible, con aquella gente tan buena...? En otras cosas también está más decaído el pueblo, o simplemente alterado. Ya no lo atraviesa, como antaño, la carretera, y hay que ir a ganárselo desde ella, por la esquina de un bar... Con el cine, la moto y otras modernidades, algunas costumbres han variado. Las chicas ya no usan toquillas ni pelerinas, sino sweaters. Los noviazgos son menos broncos y más expeditivos. No se pisa ya la uva, ni hay lagares en las casas. Un autobús ha sustituído a la vieja tartana que hacía el recorrido a la estación. Desapareció la alameda, y también los molinos de viento. La calle Real ya no se llama así. Parte de ella tiene aceras de cemento, y la Cruz Verde, peldaños de lo mismo. La Casa de las Torres...
Pero de ésta hablaré en seguida. Antes quiero decir que no me ví defraudado por tanta mudanza. En esencia, Tembleque sigue siendo tan sobrio, tan apacible, tan hidalgo y manchego como siempre. ¡Qué emoción la del recobro de los viejos lugares...! Estuve por toda la villa y por las eras haciendo mis dibujillos, lo que yo llamo mis postales de confección casera. Pronto la voz se corrió: "¡Está aquí el hijo del notario!" La gente joven, por supuesto, no sabía quién era ése, y me dolía un poco cuando me miraban como a un forastero extravagante. Pero los viejos me salían al paso, me sacaban silla para dibujar, me rodeaban de evocaciones y recuerdos... El hijo del hortelano me trajo dos conejos de regalo. El sastre le puso forro de seda, por su cuenta, a un pantalón de pana (en la tradición de aquella sufrida pana de mi niñez) que le encargué para llevármelo de íntimo recuerdo. Dibujé la bellísima portada de la Casa de las Torres, y desde una de éstas, la vista general del pueblo, mientras Miguel Rodríguez -antaño compañero de juegos a la sombra de la iglesia, ahora ya con sus cincuenta y tantos años a cuestas, como yo- me hacía filosofía social, en un castellano jugoso y exacto...
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Y para terminar, aquí viene bien un poco de protesta y propaganda. La Casa de las Torres está en ruinas. En 1939, sus dueños, los señores de Mazarambroz, la cedieron primero al Municipio; luego hicieron donación de ella al Patronato de Huérfanos del Magisterio, bajo la promesa de que, restaurada, se establecería en el palacio una escuela agrícola o algo por el estilo, para cuyo sostenimiento el Municipio ofreció también donar tierras aledañas... Fue allí un arquitecto del Ministerio de Educación. Hizo proyectos, presupuestos. Creyó segura la obra...
Pero nada se ha hecho. La Casa de las Torres, donde alojaron provisionalmente al destacamento de la Guardia Civil, ahora está lleno sólo de escombros y de plumas de tordos devorados por los garrapiños. El día menos pensado se viene abajo la noble estructura, con sus graciosas torres, su hermosa fachada plateresca, su ancho patio claustral de pilares de piedra y cegados arcos, su gran escalera interior y sus espaciosas estancias... Es casi un crimen. Aunque "extranjero" a mi leve modo hispánico, yo me siento autorizado a protestar en nombre de mi niñez, de mis recuerdos... y hasta de los huérfanos del Magisterio. ¿No habrá algún funcionario con poder y diligencia bastantes para sacarle público provecho a esa dádiva, para salvar ese blasón?
...Y con esto termino, no sea que el lector me diga, como a Sancho el canónigo de los duques, fatigado de su largo cuento: "Por vida vuestra, hijo, que volváis pronto de Tembleque…"
1959
Jorge Mañach. El Recobro de Tembleque.









5 comentarios:
Que interesante y que bien documentado, muchas gracias por estos artículos y tambien mi reconocimiento a los colaboradores.
Buenas Pedro. magnifica entrada y relato. Dices que no sabes donde podría estar el "huerto del notario" y por lo que cuenta el relato pienso que podría ser un huerto que había, al menos cuando yo era pequeño, entre la actual calle don quijote, calle cruz de mayo y calle tetuan. A ver si podemos arrojar luz sobre la ubicación. Gracias por tan altruista trabajo
¡Que bonito relato del Tembleque de antes!que bien ha relatado sus recuerdos de su niñez!
ha merecido haber perdido una hora leyendo esta historia que me ha emocionado y eso que no soy de Tembleque. gracias Pedro! bien se ve que te gusta el pueblo.eres para mi un poeta.
No me canso de leerlo una y otra vez, yo creo que ya van al menos unas diez o once veces leído, y me quedo con ganas de mas. Nunca he visto un relato de Tembleque, de principios del siglo pasado, escrito por puño y letra por su propio autor, maravilloso, de verdad maravilloso. Había que plantearle al Ayuntamiento, de reinagurar la placa conmemorativa de este Ilustre,e hijo adoptivo de Tembleque,donde cuenta sus años de infancia y parte de su adolesdéncia que sin duda le marcaron en su trayectoria personal y profesional.
Gracias una vez mas al administrador por tan excelente trabajo.
Saludos.
Quiero felicitarle por el estupendo post que sobre Mañach y Tembleque ha publicado. Como seguidor de Mañach y coleccionista de sus obras me han sido muy útiles sus PDF, tanto de textos como imágenes.
El texto "Recobro de Tembleque" es verdaderamente extraordinario, uno de los mejores ensayos de evocación de un paisaje de la infancia que me haya sido dado leer.
Ahora bien, me extraña que haya tenido que ir a buscarlo a la biblioteca del Alcázar, en Toledo. Me explico, cuando hacia finales de los 90, leí "Visitas españolas", uno de mis objetivos inmediatos fue visitar Tembleque, y ver qué huella quedaba de Jorga Mañach. Paseé por la población en marzo del año 2000, me encontré con la placa conmemorativa, lo que me causó gran felicidad, y me acerqué a la Biblioteca para ver si tenían algún material de o sobre Mañach. Creo recordar que no tenían nada. Y entonces le prometí al bibliotecario que, cuando volviera a mi ciudad, Valencia, le enviaría una fotocopia del breve ensayo sobre Tembleque, como así hice. Me extraña por eso que no se conserve (enmarcado, diría yo) en la Biblioteca del lugar. También me produce mucha pena leer que la placa dedicada a Mañach ha desaparecido.
De nuevo, sin embargo, felicidades por el magnífico post.
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