).
A continuación, compartimos la transcripción íntegra de "El Recobro de Tembleque":
RECOBRO DE TEMBLEQUE
Al cabo de cuarenta
y cinco años, he vuelto a ver Tembleque a mis anchas. No solamente
lo he visto: lo he revivido; es decir, ha vuelto él a vivir en mí.
A la verdad, no sé si esto le interesará al posible lector. Se
trata nada más que de un regreso a la niñez.
Tembleque es un
pueblo de la Mancha toledana. No tiene mayores peculiaridades, como
se irá viendo en seguida; pero a mí me parece uno de los más
bellos lugares del mundo, porque en él viví desde los diez hasta
los trece años. Fue un salto tremendo desde mi Sagua la Grande
natal, en Cuba. Mi padre, gallego, había combinado en la isla el
foro con la política integrista de la postrimería colonial. Al
advenimiento de la república decidió volverse a España, a
reorientar su vida. Hizo oposiciones a Notarías y se ganó la que
comprendía Tembleque, La Guardia y Villatoba. Allí fui yo a parar,
con mi madre y dos hermanos, cuando apenas comenzaba a asomarme a la
vida.
Es curiosa, a veces,
la trivialidad de las imágenes que más perduran. De mis primeras
horas de Tembleque, yo he recordado siempre primordialmente un toldo
y un pocillo de caldo. El toldo protegía el patio del sol canicular.
Sus blasones de arpillera, traspasados de un vago resplandor, tapaban
toda la abertura, dejando ver por las orillas ribetes de cielo azul.
Llenábase así el patio -entonces me pareció muy grande; hoy sé
que era mínimo- de una fresca, umbrosa intimidad... El caldo fue
aquel que nos sirvieron al comenzar la primera cena, ya con las
sombras de la noche, cuando regresaban los rebaños de ovejas entre
una nube de polvo. Era de mucha sustancia en poca cantidad, y
flotaban sobre él -bien lo recuerdo- unas como obleítas de grasa.
También descubrí aquella noche -ahora me viene a mientes- la
excelencia del tocino, que se desleía en la boca. Y no sé si fue ya
entonces cuando mi padre contó la queja de otro chico menos
circunspecto y la administrativa respuesta paterna:
"-Padre, ¿y mi
tocino...?
-¡Pues qué! ¿No
lo ves, indino, tras ese grano de arroz?"
Al día siguiente
entramos mi hermano mayor y yo en contacto con el padre Perfecto. Nos
lo ponían de mentor. Era un franciscano que aún no sé por qué
andaba flotando en la villa. Más bien la navegaba con su andar
bamboleante. Enormemente gordo, la redonda cabeza al rape y
guarnecida de tres papadas; y un santo varón. A media clase, siempre
tenía en la comisura de los labios una salivilla que no acababa de
eliminar. Nos distraía eso mucho de sus explicaciones. Luego ponía
en un cuaderno su calificación del día para cada uno de nosotros,
firmándola siempre con la misma firma, laboriosamente rubricada.
Por la tarde fuimos
al huerto que mi padre poseía. (Todavía lo llaman "el huerto
del notario"). Subíamos toda la calle Real o de la Iglesia, con
sus aceras de piedra redonda, menos transitables que los surcos del
arroyo. Un perrito de lanas, "Fritz", nos precedía;
detrás, mi padre, con su gorra pueblerina, seguido de nosotros. Las
mujeres que hacían calceta o alimentaban sus críos, sentadas de
espaldas a la calle en asientos de esparto, nos saludaban
unciosamente: "¡Vayan ustedes con Dios...!" Salvo alguna
que otra noble portada e historiada reja en las ventanas, las casas
eran humildes, nítidamente enjalbegadas, con acentos algunas de azul
añil, como en los pueblos viejos de mi isla lejana. Más allá de la
Cruz Verde, alzada entonces sobre peldaños de piedra, pasábamos a
lo largo de un alto muro. Por encima de las bardas asomaban espesas
frondas -cosa rara en el mondo paisaje manchego-, y de algunas ramas
pendían esferas de colores brillantes. Era la mansión del rico
mayor del pueblo, hidalgo de nombre sonoro: Mazarambroz... Aquella
huerta o jardín, donde nunca pude entrar, quedó ya para siempre en
mi imaginación como el símbolo de las buenas cosas de este mundo
que le están a uno definitivamente vedadas.
Al fin llegábamos
al huerto. Este sí nos pertenecía, y entrábamos en él con una
grata sensación
de soberanía. No
era muy grande, por lo demás. En primer término, la larga casa
chata del hortelano, con sus muros de tapial, y dentro, una cama
conyugal altísima, que, en nuestra pequeñez, no nos imaginábamos
cómo se podía escalar. Alamos al fondo; algunos perales y
membrillos, y a la derecha, la noria, que era el elemento dramático.
Un rucio paciente, sabio de tanto dar vueltas por su mundo, giraba en
torno al pozo. De cuando en cuando se detenía. El hortelano
-que-aviaba a lo lejos los regatos, abriéndolos o cegándolos con
hidráulica ciencia- le gritaba, estentóreo: "¡Bu-u-u-rro!"
El asno nunca se movía antes del tercer grito. Sabía que sólo al
frustrarse éste venía la pedrada. Entonces echaba a andar de nuevo,
parsimoniamente, para detenerse otra vez al cabo de unas veinticinco
vueltas. Era algo casi estadístico. En el huerto, y no en mi isla de
libertos, se formaron mis primeras nociones de lo que era la
esclavitud.
El paseo al huerto
era lo usual por las tardes. Poco a poco, sin embargo, también mi
hermano mayor y yo nos fuimos emancipando. Un día nos vimos
iniciados en la turba estruendosa de los demás chicos. Llevaban
blusones sobre sus pantaloncillos de molida pana. Los más eran hijos
de menestrales, tenderos y gañanes; algunos pertenecían a las
familias jerarcas del pueblo: el médico, el ingeniero, el próspero
mercero de la plaza, el boticario. Recuerdo que éste se llamaba de
apellido Cabeza, y su mujer, Revuelta. El consiguiente y divertido
enlace de apellidos en su hijo César le hacía bastante justicia:
era un poco loco, y me parece que fue él quien estrenó las burlas
por nuestro seseo criollo. Como, además, los juegos -que se hacían
al pie mismo de la iglesia- eran algo bárbaros, aquella tarde yo
preferí contemplar los gritos tenaces de los vencejos -un poco locos
ellos también- sobre la breve explanada, que entonces me pareció
vastísima.
Las impresiones de
los primeros días se fueron repitiendo con novedad cada vez menor
hasta hacerse familiares. Mas por mucho tiempo, de noche, mi sueño
inquieto se siguió encuadrando entre los avisos misteriosos del
sereno, al dar las horas, y el fragor de las galeras en la madrugada,
camino de las eras o de la vendimia. A veces pasaban los gañanes
cantando sonadas escuetas, de viril melodía, pero algo desoladas.
El descubrimiento de
aquellas faenas fue toda una revelación. Empezó por las eras, pues
las viñas quedaban algo lejos del pueblo. Supe, al verlas, de dónde
le venía a éste aquel polvillo ubicuo de paja, que todo lo
inundaba, y aquella fragancia honrada de trigo, que parecía absorber
todos los de-más olores. Admiré cómo, en la trilla, las rastras de
filoso pedernal se deslizaban con redonda perseverancia, sólo
comparable a la del asno vendado en el huerto. El día que un gañán
me permitió montar en su trillo gocé como si se hubiera tratado de
una cuádriga (la era fue mi primer barrunto del circo). Y luego
aquel aventar la mies trillada, en el que yo ya percibía vagamente
lo que el trabajo agrario tiene de santa colaboración entre la
naturaleza y el hombre.
Los molinos de
viento que desde las eras se divisaban tenían el mismo sentido.
Cuando, justamente por entonces, mi padre nos empezó a leer, por las
noches, de sobremesa, capítulos del Quijote, me parecía
particularmente absurdo que el buen caballero de aquella tierra
manchega los hubiera podido tomar por amenazadores gigantes ¡a los
molinos, tan apacibles, tan mansamente colaboradores, tan suaves en
su aspado gesto...! Pero uno se deteriora con la familiaridad.
Vergüenza me da el recordar cómo, pasadas ya las labores del estío,
correteé con otros chicos por aquellas eras, persiguiendo las
avecillas con mi tirador de gomas, hasta que un día recogí del
suelo una que no había caído de tiro alguno, sino de su propia
fatiga. Espeluznada y tibia y palpitante de susto la tuve en el
cuenco de la mano, y creo que aquello me curó de crueldad para toda
la vida.
Desde el primer
domingo, claro está, fuimos a misa. La iglesia estaba en el centro
mismo del pueblo, dominándolo con su esbelta torre octogonal, sus
ábsides laterales, sus sólidos contrafuertes. Le daba principal
acceso una puerta románica algo menguada. Estos detalles
arquitectónicos yo, por supuesto, no los apreciaba entonces, aunque
ya me despuntaba una afición al dibujo. Como tampoco la alta bóveda,
de gótica nervadura, ni el retablo del altar mayor, demasiado en la
sombra, del cual mi padre decía que era magnífico. A la salida de
la misa, por una puerta lateral que daba a la explanada de nuestros
juegos, los hombres menos ceremoniosos del pueblo formaban un cauce
para ver salir al señorío. Muchas veces oí comentar, sin
entenderla, la frase que el primer domingo soltó un gañán de los
más ternes al paso de mi madre: "¡Qué buena cordera pa cría!"
Mi madre era, en
efecto, aunque mal esté decirlo, una criolla guapísima. Alta,
trigueña, de cabos negros. A la mula que compró la señora Manuela
en la feria de aquel año le pusieron de nombre la "Cubana"
-decían que en honor de mi madre. La señora Manuela era uno de los
pilares del pueblo. Dueña de muchas tierras, vivía frente a
nosotros en una casa holgada, olorosa a lagar. Era la dueña
inmensamente gorda, y rara vez se movía de su sillón frailero,
rigiéndolo todo desde él como desde un trono. De la numerosa
parentela que con ella vivía, destacábase su sobrina Herminia, ágil
de gesto y palabra, con un leve vello sobre el labio superior, que la
hacía gracia. Fue la que hizo las mejores migas con mi madre,
defendiéndola de la comidilla del pueblo, que murmuraba sobre sus
amplias batas blancas y sus baños cotidianos.
De Tembleque nunca
conocimos bien mis hermanos y yo más que el centro del pueblo y el
camino del huerto. De Pascuas a Ramos nos llevaban también a la
alameda, y en días de festividad religiosa, a alguna de las dos
capillas de la correspondiente devoción. Lo demás era una especie
de misteriosa hinterland. Sólo de lejos habíamos podido
contemplar lo que constituía el blasón arquitectónico de la villa,
después de la iglesia: la Casa de las Torres, así llamada por las
que guarnecían aquella espaciosa mansión señorial, toda misterio
ella misma.
Pero el centro del
pueblo era, después de todo, lo más ameno. Tembleque tenía, y
tiene, dos plazas. Una, la "glorieta", circundada de
asiento corrido de piedra con alta barandilla. A un lado estaba la
Casa de la Tercia, y en ella, el casino, al cual se subía por unas
empinadas escalerillas exteriores. El casino fue para mí siempre,
desde luego, otro misterio. Al pasar frente a él, se oía rumor de
botellería y jácara de jugadores. Dicen que allí se recibían sólo
contados ejemplares de La Correspondencia de España, para
determinados señorones del pueblo, y no más. Así lo tenía
dispuesto -aseguraban- don Paquito, un cura de armas tomar, que se
había ganado sendas laureadas en Filipinas y en Marruecos y que se
ramangaba la sotana para una bronca por un quítame allá esas pajas.
La otra plaza era
más nuestra, más de la gente común. Anchurosa y castiza,
rodeábanla por tres de sus lados umbrosos soportales corridos, que
coronaba una doble galería. En uno de ellos se abría el boquete de
un callejón que llamaban "del Toril". Parece que, en
efecto, por muchos años se habían celebrado corridas en la plaza.
Después he sabido -por don José María de Cossío- que en una de
las cartas de Quevedo en que habla de Gaspar Bonifaz, se hace
referencia a la ocasión en que Felipe IV, habiendo recalado en
Tembleque, camino de Andalucía, alanceó allí un toro con mucha
fortuna. Yo sólo había oído decir antes que a ése o a algún otro
rey, aterido del frío invernal que en Tembleque pasó, se le
atribuía el haber dado su nombre al pueblo; pero siempre me pareció
eso pura invención. Ni juzgué más verosímil la especie de que a
Tembleque se le llamara así por haberse formado en torno a un mesón
frecuentado por bandidos, que se conocía por la posada de la
Tiembla... La verdad histórica es que Tembleque tiene origen mucho
más noble. Sé ahora que fue fundado a principios del siglo XVI, y
que la reina Doña Juana "le dió privilegio de villazgo,
conservándose en la encomienda de San Juan, a cuya orden
pertenecía": El escudo de la Orden de Malta se ve aún,
efectivamente, en algunas casas del pueblo y, desde luego, en su
propio blasón municipal. Pero el nombre "Tembleque" sigue
siendo un misterio.
A lo que íbamos.
Aquella grande y bella plaza era el marco de los paseos domingueros,
al caer la tarde. Las muchachas circulaban de bracete, con sus
pelerinas de distintos colores; los mozos, en giro contrario, con sus
fajas anchas y sus chaquetillas de pana. A veces, ellos las
cortejaban con brusca ingenuidad, y las chicas, invariablemente, les
contestaban, no sé por qué, con un pequeño improperio. De eso a
menudo se pasaba a dulces y recíprocos empellones. Hasta que surgía
un noviazgo... En fin, la plaza era también, en agosto, escenario de
la feria, con sus puestos de bisutería, sus tiros al blanco, sus
ciegos de aleluya, sus buñoladas de aceite hirviendo y su mulerío
bien esquilado.
Corridas no había
nunca en Tembleque, salvo una de mentirijillas que yo mismo organicé
entre la gente menuda, con mucho auxilio de mayores. Se dispusieron
sillas en el huerto. Las señoras amigas fueron de negra mantilla, y
las chicas, de lo más majas, sobre todo Piedad Melgar, con su lindo
vestido de piqué blanco y sus flores en el pelo dorado. Parece que
yo la encontré, sin embargo, un poco gordita. También creo recordar
que aquella tarde el toro fue César Cabeza Revuelta.
Mayor acontecimiento
aún fue el bautizo de mi hermana. Nacida en Tembleque, la niña fue
recibida como una bendición especial del cielo. Mi padre estaba
arrebatado de entusiasmo. Quiso un bautizo en grande. Vinieron
invitados de leguas a la redonda, de Madrid y no sé si hasta de
Cuba. Se tiró la casa por la ventana. Literalmente se arrojaron, al
menos, desde los balcones, guarnecidos de flores, centimillos
relucientes, que los chicos se disputaron con feroz brío. El agasajo
fue espléndido. Todavía los viejos recuerdan el bautizo de "la
hija del notario".
Otro acontecimiento
que impresionó mi imaginación de adolescente fue el robo en casa
del ingeniero que hacía labores de catastro en el pueblo: un
caballero alto, con un enorme lobanillo en el pescuezo. El robo fue
con escalamiento y nocturnidad. Al día siguiente, todo Tembleque
estaba estremecido. Pronto se corrió que la Guardia Civil había
apresado al ladrón y que "ya lo traía" desde Consuegra.
La gente se desbordó por el lado de la alameda para ver venir al
pobre diablo, esposado entre la pareja de civiles. Por lo demás, y
excepción hecha también de las Navidades, con su hondo rumor de
zambombas; la Semana Santa, en que salía la procesión, y el día de
la romería del Cristo del Valle, en marco de viñedos, en Tembleque
nunca pasaba nada extraordinario que los muchachos supiéramos a las
claras. Digo esto porque, a veces, sorprendíamos en los mayores
alusiones a sombrías tragedias familiares o a escabrosos percances,
cuyo exacto sentido nunca entendíamos.
***
Tales eran mis
recuerdos de Tembleque. Nada importante, como se ve, salvo para mí.
Yo había alternado mis estancias en el pueblo, durante los veranos y
en las heladas Navidades, con largos meses de más desapacible
invierno como interno de los Escolapios de Getafe. Si Sagua era mi
pueblo estrictamente natal, en Tembleque ya había nacido a la
adolescencia. Allí confesé mis primeros pecados y aprendí los
primeros versos. Allí fumé, a escondidas, mi primer pitillo, hecho
de salvado y papel de La Correspondencia de España... En
Tembleque ví, con cierta envidia, desfilar a los quintos que se iban
a la gran aventura de la guerra, y oí cantar a las mozas que se
sentaban en torno a una mesa a mondar la flor del azafrán... Allí
tuve un primer conato de amorcillo precoz con una chica de pelo color
de trigo, a la que hice un regalo absurdo: ¡una navaja de muelle! En
Tembleque... Pero ¿a qué seguir? Fue todo el estreno de las
curiosidades, de los asombros, de los instintos...
Un día nos fuimos
-toda la familia- a Madrid, luego a Cuba. Desde entonces amo el
recuerdo de aquel pueblecito manchego. Cuando años después, en
Nueva York, una sociedad de emigrados españoles me invitó a dar una
conferencia, la comencé diciendo, con antítesis no en exceso
forzada, que en la ciudad más grande del mundo iba a hablar del
pueblo más pequeño de España. Creo que el público se emocionó un
poco, contagiado de mi propia emoción. Y lo mismo ocurrió otra vez,
en Buenos Aires...
El año pasado
visité Tembleque fugazmente, porque iba mal sanado de una pulmonía
y urgido de regresar a Cuba. Ahora, como ya dije, lo he visitado a
mis anchas. He estado allí una semana, huésped a la vez de Herminia
Lozano, que ya anda por los ochenta, pero aún es la animadora y casi
rectora del pueblo; de su hermana Hortensia, cuyo patio se llena al
mediodía del fresco cantar manchego de una mocita en flor, y de
Piedad Melgar, viuda de Rabadán, que de aquella chica de piqué
blanco un poco gordita que antes dije, creció a ser una mujer
guapísima y toda una gran señora del pueblo, con muchas tierras e
historia política... Uno de sus hijos es hoy el alcalde.
La guerra civil dejó
su trágica huella en Tembleque. Ya no existe aquel retablo magnífico
que mi padre ponderaba. Ni murieron de la muerte que merecían seres
que me fueron muy queridos... Señor, Señor! ¿Cómo pudo ser
posible, con aquella gente tan buena...? En otras cosas también está
más decaído el pueblo, o simplemente alterado. Ya no lo atraviesa,
como antaño, la carretera, y hay que ir a ganárselo desde ella, por
la esquina de un bar... Con el cine, la moto y otras modernidades,
algunas costumbres han variado. Las chicas ya no usan toquillas ni
pelerinas, sino sweaters. Los noviazgos son menos broncos y más
expeditivos. No se pisa ya la uva, ni hay lagares en las casas. Un
autobús ha sustituído a la vieja tartana que hacía el recorrido a
la estación. Desapareció la alameda, y también los molinos de
viento. La calle Real ya no se llama así. Parte de ella tiene aceras
de cemento, y la Cruz Verde, peldaños de lo mismo. La Casa de las
Torres...
Pero de ésta
hablaré en seguida. Antes quiero decir que no me ví defraudado por
tanta mudanza. En esencia, Tembleque sigue siendo tan sobrio, tan
apacible, tan hidalgo y manchego como siempre. ¡Qué emoción la del
recobro de los viejos lugares...! Estuve por toda la villa y por las
eras haciendo mis dibujillos, lo que yo llamo mis postales de
confección casera. Pronto la voz se corrió: "¡Está aquí el
hijo del notario!" La gente joven, por supuesto, no sabía quién
era ése, y me dolía un poco cuando me miraban como a un forastero
extravagante. Pero los viejos me salían al paso, me sacaban silla
para dibujar, me rodeaban de evocaciones y recuerdos... El hijo del
hortelano me trajo dos conejos de regalo. El sastre le puso forro de
seda, por su cuenta, a un pantalón de pana (en la tradición de
aquella sufrida pana de mi niñez) que le encargué para llevármelo
de íntimo recuerdo. Dibujé la bellísima portada de la Casa de las
Torres, y desde una de éstas, la vista general del pueblo, mientras
Miguel Rodríguez -antaño compañero de juegos a la sombra de la
iglesia, ahora ya con sus cincuenta y tantos años a cuestas, como
yo- me hacía filosofía social, en un castellano jugoso y exacto...
**
Y para terminar,
aquí viene bien un poco de protesta y propaganda. La Casa de las
Torres está en ruinas. En 1939, sus dueños, los señores de
Mazarambroz, la cedieron primero al Municipio; luego hicieron
donación de ella al Patronato de Huérfanos del Magisterio, bajo la
promesa de que, restaurada, se establecería en el palacio una
escuela agrícola o algo por el estilo, para cuyo sostenimiento el
Municipio ofreció también donar tierras aledañas... Fue allí un
arquitecto del Ministerio de Educación. Hizo proyectos,
presupuestos. Creyó segura la obra...
Pero nada se ha
hecho. La Casa de las Torres, donde alojaron provisionalmente al
destacamento de la Guardia Civil, ahora está lleno sólo de
escombros y de plumas de tordos devorados por los garrapiños. El día
menos pensado se viene abajo la noble estructura, con sus graciosas
torres, su hermosa fachada plateresca, su ancho patio claustral de
pilares de piedra y cegados arcos, su gran escalera interior y sus
espaciosas estancias... Es casi un crimen. Aunque "extranjero"
a mi leve modo hispánico, yo me siento autorizado a protestar en
nombre de mi niñez, de mis recuerdos... y hasta de los huérfanos
del Magisterio. ¿No habrá algún funcionario con poder y diligencia
bastantes para sacarle público provecho a esa dádiva, para salvar
ese blasón?
...Y con esto
termino, no sea que el lector me diga, como a Sancho el canónigo de
los duques, fatigado de su largo cuento: "Por vida vuestra,
hijo, que volváis pronto de Tembleque…"
1959
Jorge Mañach. El
Recobro de Tembleque.