Sentada junto al olivar, yo sola contemplo el cielo azul.
El mecer del viento despeja mi cabeza.
Nubes blancas de algodón, se agrupan formando figuras;
perritos, osos, todas las formas que yo quiero.
No tengo tiempo; no deseo más.
De lejos veo un tractor, arrastrando los matojos; arando la tierra.
Corté las rosas de mi rosal, y con su aroma me voy al pueblo; inundada de olor.
Por el camino, lleno de mil florecillas silvestres de tanto color, me alegran la vida.
Parecen decirme: ¡Fíjate qué regalo te manda Dios!
María Tovar Mendoza.
Camino cauteloso, y voy tu nombre
recordando¡Cual harapiento niño
meditabundo, triste, solo, pobre,
errante, sin descanso, sin un cariño!
Que palpe tembloroso, pidiéndole calor
mis propios pensamientos de mi sino
se burlan y me abrazan, robándome valor.
Una queja infinita, pregunta al cruel destino.
¿Por qué soy Capitán de un navío de dolor?
La flor de la tristeza florece a toda prisa
impregna por doquier su maldito olor
que me siembra dudas, compadecida la brisa.
Juega alrededor mío, para ayudarme
a escapar de un laberinto, lleno de ansiedad
al cual entro: al decir mamá no está para cuidarme,
se la llevó Dios, hace dos años y sin piedad.
El infortunio cruel, me hiere, insulta y acosa
nubla mi horizonte, antes de intensa felicidad.
Sin fuerzas busco consuelo, aquí en tu fosa.
Sé que me miras desde la eternidad.
EDGAR FELIPE CARPIO GIL Mln de Jln. Noviembre 2013
JULIÁN SÁNCHEZ

